En 2017 hicimos una entrada colaborativa sobre las políticas actuales en materia de garantía alimentaria. Queríamos aportar posibilidades para el debate sobre el contexto actual, de gran precariedad económica, que genera dificultades para combatir la insuficiencia alimentaria de tantas familias- http://agorats.com/y-dale-con-que-los-pobres-comen-cada-día-atún-reflexiones-de-una-trabajadora-social-en-torno-a-una-lata/ En esa entrada hacíamos referencia al estudio realizado por Gascón y Montagut (2017). Los investigadores afirman que aunque puede ser necesaria en determinadas circunstancias, la entrega de comida responde a un modelo de intervención asistencialista y estigmatizante, incapaz de resolver los factores que impiden a las personas conseguir alimentos por sus propios medios. En suma, los autores sostienen que “enfrentar el hambre con las sobras no es eficaz ni para luchar contra la pobreza alimentaria, ni para reducir el desperdicio”.

Hacíamos en ese post algunas propuestas:

  1. Garantizar con rentas básicas los ingresos para las familias y personas que no tienen recursos. (Pedir políticas de inclusión laboral y de empleo activo o de reducción de la precariedad laboral igual sería mucho pedir…). Rentas suficientes, vengan de donde vengan, con las que cada uno decida si come sopa, verduras, frutas o si le da el capricho al niño para se coma un flan el día de su cumpleaños (Alabado sea el señor). Rentas en las que coman todos, de forma nutricionalmente equilibrada, que garantice la salud de todos y el crecimiento de los menores. y que además atajen las “otras pobrezas” o al menos, las palíen.
  2. Invertir (reorientar, vaya) las partidas económicas del FEAD en ingresos a los Ayuntamientos para que hagan planes de garantía alimentaria dirigidos a las familias que lo necesitan: (temporales, con el objetivo que dispongan de ingresos para cubrirlas por ellas mismas):
    1. Tarjetas de supermercado periódicas con las que vas a comprar lo que necesitas y nadie se entera.
    2. Estableciendo acuerdos con restaurantes y bares de los barrios donde las familias puedan comer y/o cenar en caso que no tengan ingresos y pagar mediante ayudas de urgencia social directamente al proveedor del servicio.
    3. Establecer acuerdos con negocios de comida para llevar. Entras, recoges los menús, te los llevas y casa y te los comes. Por el módico precio de 5€. Entra pan y bebida. También mediante ayudas de urgencia
    4. Impulsar huertos comunitarios. ¡Ahhh colegas! Esto lo estamos probando por nuestra tierra y funciona. Te relacionas, aprendes horticultura, produces verduras frescas que te cocinas o preparas en casa. ¿No es más digno esto que ir a buscar cuatro acelgas oxidadas –donación de un super bondadoso que ha cedido a una entidad caritativa que a su vez reparte tus acelgas tres días después- A la vez, generas autoayuda, vínculos, interacción, oportunidades de hacer nuevas acciones/proyectos surgidos de los intereses y necesidades de las propias familias (hace poco nos proponían tener gallinas)… Una vez al año, o más, haces la comida popular del huerto, potencias la comunidad,… ¿y quién sabe que no tienes ni para comprarte un tomate? Digo por experiencia que los productos ecológicos que además produces tú, te llenan de “orgullo y satisfacción”, además de llenarte el estómago con la mejor calidad .Tenemos una nueva propuesta urbana para los de grandes ciudades que no tienen tierra cultivable cerca de los barrios de alta densidad y concentración de asfalto. Pequeños huertos urbanos en espacios accesibles para cualquier vecino (esto viene de Italia, creo, vamos a ver si lo podemos impulsar por aquí…)
  1. También se pueden hacer talleres de aprovechamiento de los alimentos. Anda que no se aprende de las abuelas, o de ciertas culturas, que con los huesos del pollo hacen menús dignos de estrellas Michelín. O hacer mermeladas y conservas, como antes, te da alimentos para todo el año –te preparas la despensa para verlas venir, si, como en la posguerra, por ejemplo…-

De momento nosotros no hemos sido capaces de implementar acciones como las que planteábamos el pasado año. Algunas si, derrapando y no sin problemas, como la comida de menú para llevar. Seguimos distribuyendo alimentos secos, a veces con alguna fruta o verdura que procede de excedentes y complementa –a medias- la insuficiente dieta de las personas que viven en precariedad.

Volvemos en 2018, coincidiendo con el “Gran recapte” que organiza el Banco de Alimentos. Este año haremos referencia al estudio realizado por la Universidad de Barcelona, “La seguridad alimentaria en Barcelona desde un enfoque global y no reduccionista de las necesidades”  Las autoras son Marta Llobet Estany y Paula Durán Monfort, con la colaboración de Araceli Muñoz Garcia y de Claudia R. Magaña González, de la Universidad de Guadalajara.

De entrada felicitar a las compañeras por el análisis, es una buena propuesta para comprender mejor de que hablamos cuando hablamos de derecho a la alimentación, contemplando el relato de las familias perceptores de ayudas alimentarias y de las profesionales del Trabajo social que gestionan las necesidades de las familias con los escasos y a menudo ridículos y estigmatizantes recursos existentes.

Este estudio plantea abordar los efectos que ha tenido la crisis en la población que se encuentra en situación de pobreza alimentaria y las estrategias que desarrollan las familias para hacer frente al impacto que esta tiene. Pretende mostrar el lugar que ocupa la alimentación en la vida de las personas y familias y los efectos que tiene en su bienestar. Así como debatir sobre el rol del Estado y de los diferentes agentes sociales y actores en torno a la alimentación. (muy recomendable la lectura entera del documento)

En nuestro post “mantenemos los literales de dicha investigación” para su posterior análisis:

“La concepción de los determinantes sociales de la salud, plantea que la posición socioeconómica, las desigualdades sociales, la distribución de la riqueza y el acceso a los bienes materiales básicos influye de manera importante en la salud de las personas. La exposición a situaciones de estrés -como el paro, el trabajo precario, las dificultades en las condiciones de la vivienda o en el acceso a ella, la pobreza alimentaria … – inciden de forma determinante en el incremento de los problemas de salud (Fernández , 2014).

La pobreza alimentaria se entiende como una de las dimensiones de la pobreza, que comprende “la falta de recursos y otros tipos de dificultades que pueden afectar a una persona e impedirle cubrir satisfactoriamente la necesidad de la alimentación” (Pomar y Tendero , 2015: 32). Aunque no se disponen de datos concretos sobre la situación de pobreza alimentaria en Cataluña, se puede afirmar que una tercera parte de la población está en riesgo de padecer esta situación (Fargas et al., 2014).

Añadimos de nuestra propia cosecha dos literales extraídos de los coloquios familiares-diálogos apreciativos que realizamos en el marco del estudio sobre “la intervención con familias en situación de cronicidad en los servicios sociales básicos”. Coordinado por Alba Pirla y Ramon Julià y con un equipo de investigación compuesto  por Lorena Bertran, Assun Farré, Laura Haro,  Irene Ibarz, Montse Massana , Anna Piñol Ester Siscart ,  Vanesa Vilas  i Anna Villafranca (puedes leer un resumen aqui)

  • “Comida hay lo que pasa que yo como tengo la salud tan pobre siempre me encuentro débil, yo tengo que comer manzana, tengo que comer pera, tengo que comer plátano y de eso no hay , solo hay ha judías, patatas”.
  • “Yo también paso penalidades a veces, suerte que la familia me ayuda. Con 300 y pico euros y un complemento de 100 euros. Yo no puedo comprar carne fresca”.

En nuestra investigación sobre cronicidad hemos podido constatar que la percepción de las familias en relación a los recursos que han recibido al largo de su vida, es que no les ha permitido superar su situación de dependencia de ayudas insuficientes que no llegan a satisfacer sus necesidades. A menudo se refieren a las ayudas en alimentos:

  • -“Siempre te dan galletas” (Mujer inmigrante monoparental)

También hacemos referencia al concepto de “hambre oculta” de Bermejo y Crespo (2017), fenómeno desconocido (y a explorar), y a la idea que recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto Internacional de derechos económicos, sociales, y culturales (1966) entendiendo el derecho a la alimentación no des de la perspectiva de ser alimentado sino de poder alimentarse uno mismo, de manera autónoma y digna.  Contrariamente, vemos como las necesidades de las familias se ven paliadas con recursos alimentarios que gestionan los y las profesionales desde los servicios sociales: a más necesidades integrales, más ayudas dispensadas en alimentos.

Seguimos con ideas de reflexión del estudio de Barcelona:

“De manera paralela, la crisis económica ha producido el incremento de las demandas de ayuda, que principalmente se refieren a alimentación, vivienda y empleo (Renes y López, 2011). Se ha producido un incremento de la ayuda alimentaria y de las acciones y programas que se están desarrollando desde los servicios sociales públicos, desde el Banco de Alimentos, Cruz Roja o Cáritas, así como desde las diferentes asociaciones u organizaciones del Tercer sector que se encuentran en los diferentes barrios”. Pensamos, en este sentido, que des de la intervención social de las Administraciones públicas hemos sido cómplices de un sistema que no ha sabido dar respuesta a las necesidades de las personas desde la dignidad, y hemos caído en la trampa de gestionar ayudas alimentarias de diversas modalidades, aunque la mayoría son y siguen siendo empujar (mejor acompañar, es menos contundente…. ejemm)  a las personas (pacientes y avergonzadas) a las colas del hambre de entidades benéficas o incluso de los propios ayuntamientos, que distribuyen alimentos.

Dicen las colegas en la investigación que vamos deshilando que “el itinerario por el que atraviesan los individuos hasta la aceptación de su proceso de descalificación social (Paugam, 2007) y las implicaciones que tiene para la persona la sol licitud de ayuda fuera del núcleo familiar, vecinal o social es diverso . Supone el reconocimiento público de la dificultad o “in-capacidad”, desde la perspectiva o imaginario que elabora la sociedad mayoritaria, para satisfacer la necesidad más elemental de una familia, como es el acceso a la alimentación (Salas y Marco , 2014)”.

“Las causas de la pobreza y la exclusión pueden ser diversas, pero por quienes las padecen, los resultados son los mismos: privados de la confianza social, sufren la pérdida de la autoestima y viven el sufrimiento social (Bauman, 2004). Se produce entonces la individualización de la pobreza, que relega la precarización social que viven las personas y familias en el ámbito privado de los hogares; silenciando la reivindicación colectiva del derecho a la alimentación y la reafirmación de las personas como sujetos políticos que denuncian y actúan sobre las causas de la pobreza (Pomar y Tendero, 2014). Las colas para acceder a los comedores sociales o para recoger los packs alimentarios ante las asociaciones caritativas o la Iglesia supone, además, la visibilización en el espacio social de esta pobreza alimentaria, que nos confronta con una realidad que habíamos creído superada (González, 2014). Desde esta perspectiva, las medidas de protección social articuladas para dar respuesta a la pobreza alimentaria sostienen procesos de etiquetado y discriminación social (Salas y Marco, 2014). “La humillación, la vergüenza y el desclasamiento que implica la limosna” (Simmel, 2014: 22) incrementa la debilidad de los individuos, que no se posicionan desde una perspectiva de derechos sino que asumen su papel como objetos de intervención . Se perpetúa una relación de poder desde la posición hegemónica del “interviniente” y sobre la persona “intervenida” (Ezpeleta y Gómez-Quintero, 2012), ya que el beneficiario siente que depende de la caridad y que, además, serán otros quienes decidan los alimentos de los que dispondrá en cada momento (Nogués y Cabrera, 2017). Un proceso que implica la pérdida de autonomía y perpetua la dependencia institucional de las personas en los circuitos institucionales como receptores de ayuda”.

“Una perspectiva asistencialista que, si bien plantea una respuesta a la situación de emergencia social que vive Cataluña, reduce un problema estructural como es la pobreza alimentaria- y de responsabilidad pública en la dispensación de recursos, desde la concepción que contempla la alimentación como una necesidad que debe ser subsanada sin incidir en las causas que generan estas desigualdades (Pomar y Tendero, 2014)”.

En este sentido nosotros creemos que la situación de emergencia que ha propiciado este tipo de abordaje de las necesidades alimentarias, debería haberse superado, entendiendo que una emergencia no dura 10 años y si es así, se convierte en estructural al sistema: ¿nos hemos acostumbrado al hambre y al atún en lata como forma de respuesta universal a la misma?

“La crisis económica favorece, por tanto, la precarización y los contextos de inseguridad alimentaria -a nivel individual, familiar o comunitario-, tiene una implicación sobre la salud y el bienestar de las personas (Egbe y Monserrat-Mas, 2014). Afecta la capacidad adquisitiva de las familias que no pueden acceder a la variedad alimentaria y produce cambios en el comportamiento alimentario (Cáceres y Espeitx, 2006). Para hacer frente a esta situación, los individuos desarrollan diferentes “estrategias de supervivencia” que les permiten afrontar las limitaciones, negociar su situación de inseguridad alimentaria y mitigar sus consecuencias a corto plazo (Egbe y Monserrat-Mas, 2014), adoptando opciones diferenciadas a lo largo del proceso alimentario: obtención, elaboración y consumo”.

Podemos observar los efectos devastadores para la salud de las familias, en cuanto a consumo de productos frescos que son desclasificados en la lista de la compra, comer un solo plato, saltarse comidas, renunciar a comer en favor de que coman los hijos, no cocinar por no consumir suministros, comer lo que no te gusta o no conoces culturalmente, verte obligado a consumir frutas o verduras oxidadas donadas ….:

“La tendencia que implica la reducción del consumo de algunos productos más caros en beneficio de otros más económicos ha supuesto la disminución o desaparición en la cesta de la compra de alimentos como la carne y el pescado, a pesar de que ocupan una posición privilegiada, alta y central, con respecto a otros tipos de alimentos, lo que genera una desigualdad entre los grupos sociales con respecto al acceso a determinados tipos de productos”.

“La escasez alimentaria también ha producido una desestructuración de las comidas que implica la simplificación de la comida ternario (entrada, plato y postre) (Contreras y Gracia, 2005) y la elaboración de un solo plato, que tenga un alto valor energético y que pueda ser consumido por todos los miembros de la unidad familiar”.

“Por tanto, las personas en situación de vulnerabilidad social adoptan un patrón alimentario basado en alimentos de bajo coste que contienen muchas calorías y muchas grasas y que además genera sensación de saciedad. Estos alimentos pueden ser poco nutritivos, por lo que la dieta puede satisfacer las necesidades de energía pero no las de los nutrientes (Antentas y Vives, 2014), lo que puede repercutir en la salud; la crisis ha producido la revalorización de la “cocina de sobra” (Casadó y García, 2014), que implica recocinar para evitar así el desperdicio de los productos”.

Algunos párrafos de frases de personas que se encuentran en esta situación no dejan de impresionarnos, aunque se trate de frases que seguro muchos de nosotros hemos oído antes en nuestras intervenciones:

  • -“Para no gastar bombona de butano y porque muchas veces no sé qué poner, porque si ya comimos arroz por la tarde y hay huevo de nuevo, pues no voy a poner arroz y huevo por la noche. Pues i por la tarde nos lo comimos frito, pues a la noche lo hago en revuelto, con pimiento o… Tratar de hacer otra… de buscarle la vuelta para que no sea lo mismo, lo mismo. Porque hay semanas que un trocito de carne no te lo puedes comer.” (I1. Dona, 38 años, familia monoparental, Poble Sec)
  • -“El día que le puse a mi hijo agua… agua con… tenia espaguetis y lo hice a trocitos. Para que comiera. Ese momento fue muy duro. No sé, yo creo que ese momento es el más duro.” (I5. mujer, 42 años, familia monoparental, Roquetes)

“Algún relato nos hace ver como algunos miembros adultos renuncian a comer en beneficio de sus miembros menores. Estas estrategias tienen consecuencias para la salud física y psicológica de las personas que sufren inseguridad alimentaria, pudiendo producirse una situación de malnutrición o un estado de ansiedad alimentaria -o “food anxiety” – en relación a la preocupación constante para resolver esta necesidad básica, lo que denota un estrés psicológico asociado a la incertidumbre de esta situación (Egbe y Monserrat-Mas, 2014). Un sufrimiento que se acentúa cuando la crisis impide la realización de aquellos momentos alimentarios que tienen una gran valorización social e importancia alimentaria -y que además favorecen la cohesión social, como la celebración de festividades como la Navidad”.

“El impacto que para las personas tiene solicitar ayuda fuera del núcleo familiar, vecinal o social es diverso y tiene implicaciones importantes, pues supone el reconocimiento público de su situación de pobreza y la pérdida de autonomía, frente del resto de la sociedad y especialmente frente a las personas que le facilitan la asistencia (Salas y Marco, 2014). Supone la aceptación del proceso de descalificación social (Paugam, 2007) que viven las personas en situación de pobreza alimentaria en la aceptación de una ayuda alimentaria que favorece el acceso a los productos alimenticios -obviando el poder decisional de las personas y las sus preferencias alimentarias- y que para estas personas tiene un fuerte componente de vergüenza social.”

“La resistencia a solicitar ayuda tiene, además, relación con la percepción estigmatizante que existe de estos servicios, destinados a personas en situación de pobreza y exclusión social con las que la persona no quiere identificarse.  El itinerario por los diferentes recursos refleja la dependencia de las familias del circuito institucional para satisfacer las sus necesidades en materia alimentaria.”

Las líneas actuales van en tres direcciones:

“1.-Prestaciones y / o ayudas que permiten la obtención de los alimentos, incentivando el criterio de elección del consumidor. Algunos ejemplos son las ayudas económicas a través de cheques, Tarjeta Barcelona Solidaria y Cheques ProInfancia. En los relatos de algunos profesionales se observa una tendencia a definir la intervención a partir de la demanda que se formula de forma directa o difusa, en relación a la necesidad de alimentación, porque conecta con sentimientos de humillación y falta y / o pérdida de dignidad como sujeto.

  • -Las trabajadoras sociales entrevistadas en el estudio consideran que, ante la situación, el tipo de ayuda que más dignifica a la persona es la económica, porque permite que, una vez asignada la cantidad, el individuo o familia pueda obtener los alimentos de la misma manera que lo hacía antes o como cualquier otro ciudadano.
  • -Otros profesionales consideran que la tarjeta monedero también facilita que la obtención de los alimentos se haga respetando la dignidad de la persona, porque permite la elección de los alimentos según los hábitos y costumbres culturales, a pesar de que este dispositivo -a diferencia de la ayuda económica- le obliga a ir a unos comercios o supermercados concretos, que son los que tienen un convenio con la administración local o en su caso con la entidad social. Otra ventaja es que este tipo de dispositivos no se supeditan al derroche alimentario, como si sucede con el reparto alimentario, que contribuye a reforzar la estigmatización asociada a pedir ayuda alimentaria

2.-Dispositivos que facilitan el acceso a los alimentos ya preparados para su consumo.

3.-Respuestas que dan acceso directamente a los alimentos para ser preparados, reduciendo, según algunas modalidades, la capacidad de elección por parte de los individuos o familias.

  • “Dentro de esta modalidad diferenciamos las entidades que se encargan de repartir la ayuda alimentaria procedente del Banco de los alimentos (prácticas de recogida de alimentos para ser redistribuidos a través de un amplio abanico de organizaciones, entidades y parroquias repartidas por los diferentes barrios de la ciudad. Por otra parte, como organización que centraliza los excedentes alimentarios y los distribuye a las personas en situación de pobreza alimentaria.) Incremento exponencial de estos últimos ocho años -tanto de organizaciones dedicadas a la ayuda alimentaria como del número de receptores de ésta- es un reflejo del aumento del problema de la pobreza en general y de la pobreza alimentaria en Cataluña y en Barcelona en particular. Esta tendencia ha consolidado el Banco de los Alimentos como organización que centraliza la ayuda alimentaria y al mismo tiempo un modelo concreto de reparto centrado alrededor de las instituciones religiosas y entidades sociales. En este modelo destacan algunas organizaciones que aglutinan este tipo de respuesta, como parroquias, otras entidades católicas, Cáritas, o la iglesia evangelista , y del otro, la Cruz Roja, Fundaciones, asociaciones y entidades diversas que suponen los puntos restantes. La ayuda alimentaria se concentra alrededor de las organizaciones vinculadas con la iglesia católica o evangelista, pero también han entrado en el circuito de la ayuda alimentaria otras organizaciones ciudadanas y de acción social.” En este sentido, nosotros añadimos que desde nuestra práctica podemos observar nuevas injusticias en este tipo de distribución de alimentos: dependiendo de la parroquia o del centro de distribución del barrio donde vives, el acceso a una mayor cantidad de productos, variación, existencias de productos frescos de donaciones particulares,  periodicidad, calidad y hasta trato digno, varía en función de demasiados condicionantes.
  • “Otras opciones han sido la creación de los centros de distribución solidaria y los “supermercados” por puntos” en este caso, seguramente mejor que el primero, un voluntario/a te acompaña y te dice cuantos litros de aceite entran en 5 puntos, o cuantos paquetes de arroz puedes coger aunque no te guste el arroz. No hablaremos aquí de intolerancias alimenticias y pobreza porque sería rizar el rizo… ser pobre y alérgico,esto si que ya es sufrir… 

Nos ha llamado la atención una idea que resonaba a menudo en nuestra cabeza al oír determinados planteamientos de algunos profesionales sobre la necesidad de impartir charlas o seguimiento de los hábitos alimenticios de las familias beneficiarias de ayudas alimentarias, dando por hecho que “ser pobre” va unido a no tener ni idea de como comer de forma saludable. “En la investigación se hace referencia al concepto que “el proceso de descalificación social que experimenta la población vulnerable o pobre (Paugam, 2007) también explica como a menudo se relaciona esta categoría con el imaginario de falta de hábitos alimenticios, de falta de conocimientos para poder seguir una dieta sana y tener dificultades o incapacidad para alimentarse bien. Este tipo de imaginarios y representaciones sociales pueden justificar prácticas discriminatorias que, lejos de normalizarse y ser reparadoras de los efectos que han podido tener unas relaciones sociales desiguales productoras de la pobreza, pueden reforzar una identidad estigmatizada. En contraposición, otros trabajadores sociales reconocen la existencia de este imaginario, pero, por una parte, cuestionan que la falta de hábitos culinarios y alimenticios siente una cuestión que afecta sólo a las personas pobres. Y, por otro lado, contemplan la educación alimentaria como una dimensión más incorporada a diferentes tipos de programas desde una intervención más global.”

Algunas y preocupantes conclusiones son:

  • La ayuda alimentaria se articula a través de un modelo que conserva connotaciones benéfico-asistencialistas que están muy interiorizadas por parte de todos los actores que intervienen en el proceso. La ayuda alimentaria se entiende más como un apoyo o complemento, que como un derecho que debe garantizarse. Los servicios públicos, a pesar de han ampliado las respuestas y la financiación, no sienten la obligación de responder garantizando este derecho y las entidades de acción social o del sector privado. Responden desde el principio de “voluntariedad” ampliando los programas como consideran que deben hacerlo, pero tampoco se sienten obligadas a hacer más porque no es su responsabilidad.
  • Las personas asistidas se adaptan a este tipo de mensajes y / o directrices donde la alimentación no es entendida como derecho, sino como una ayuda que se atiende desde una concepción tutelar, donde el sujeto tiene poco margen para negociar su situación y generalmente acepta lo que se le ofrece. Algunas entrevistas muestran un grado de adaptación al sistema y al circuito establecido que negocian, incluso, los tiempos para volver a pedir visita a los servicios sociales y las formas en cómo presentarse a las visitas. Desde estrategias o precauciones para tener más posibilidades de una respuesta favorable, a responder a la imagen y expectativas de los profesionales respecto del sujeto que hace demanda de ayuda alimentaria. En el caso de algunas familias recién llegadas procedente de países sin estados del bienestar, aceptan resignadamente el tipo de ayuda que se les ofrece porque consideran que es más de lo que podrían tener en su país. (esta última conclusión merece pararnos especialmente a reflexionar sobre nosotras mismas, el trabajo social que ejercemos, ser autocriticas….)

Creemos que el tema merece un profundo análisis de como las actuales políticas sociales están abordando la precariedad y las necesidades de alimentación de la ciudadanía, y si estas se acogen a la perspectiva de derechos o a la visión benéfico asistencial que ya se ha generalizado y asumido como viable, correcta, y en muchas ocasiones, única.